Monacato en Occidente

Texto tomado de:

L. Hertling, Historia De La Iglesia, Herder (1989) pp.94-98

 

EL MONACATO EN OCCIDENTE

También en Occidente había ya algunos cenobios en el siglo IV. Las primeras fundaciones se hicieron en la Galia por obra del obispo san Martín de Tours y en Milán por san Ambrosio. Eusebio de Vercelli reunió a sus clérigos en una vida de comunidad al estilo monacal. San Agustín siguió su ejemplo en Hipona. Después del año 400 las fundaciones de monasterios fueron particularmente numerosas en el sur de la Galia. Juan Casiano, probablemente de origen oriental, fundó diversos monasterios en Marsella y sus alrededores, y compuso para ellos las Collationes, conversaciones con anacoretas egipcios, que Casiano había conocido en sus largos viajes por Egipto. Las Collationes quedaron como uno de los libros de edificación más populares en los monasterios de la edad media y hasta los tiempos modernos.

Lérins.

No lejos de Marsella, en la isla de Lérins, junto a Cannes, san Honorato fundó un monasterio del que salió una oleada monástica. Muchos monjes de Lérins fueron obispos en la Galia; así, el propio Honorato lo fue de Arles, Hilario también de Arles, Euquerio de Lyon, Lupo de Troyes, Salonio de Ginebra, Fausto de Riez, y en el siglo VI el más famoso de todos, Cesáreo, que lo fue otra vez de Arles. Estos obispos difundieron en la Iglesia el ideal monástico. El floreciente estado de la Iglesia en la Galia de los primeros merovingios debe atribuirse en gran parte a la influencia de Lérins. Algunos de estos monjes destacaron también en teología, como Vicente de Lérins, Salviano de Marsella, Fausto de Riez. Los monjes de Lérins eran, desde un principio, más civilizados que los orientales. Sin embargo, fuera de su círculo de influencia, el monacato occidental de los siglos V y VI había quedado por detrás del griego. Entonces surgió un nuevo centro monástico, también esta vez en Galia: Luxeuil.

Irlanda. San Columbano.

El futuro apóstol de Irlanda, san Patricio, había residido durante un tiempo en Lérins, y desde allí transplantó la vida monástica a la verde Erin. Al morir el santo en 461, Irlanda no sólo estaba cristianizada, sino que se había convertido en una iglesia de monjes. Irlanda no había pertenecido nunca al Imperio romano. No existían en ella ciudades. Los primeros centros de cultura fueron los monasterios. Las leyendas heroicas, que en otros pueblos hablan de reyes y batallas, entre los irlandeses tratan de monjes y de sus milagros y de sus viajes a fabulosos países. La iglesia era monástica. Los obispos o eran abades o estaban sometidos al abad del monasterio.

La época de verdadero florecimiento de los cenobios irlandeses fue el siglo VI. Entonces surgieron Clonard, Maghbile, Clonfert y otros. San Columba el Viejo fundó en 563 el monasterio de Yona o Hy en una isla de la costa oriental escocesa. El historiador inglés Beda en el siglo VIII llama a los monjes de Yona columbenses (Hist. Angl. V, 21), lo cual es el primer ejemplo de designación de los religiosos de una orden según el nombre de su fundador.

Del monasterio de Bangor, en la costa junto a Belfast, salió a fines del siglo VI san Columba el Joven (conocido más como Columbano), con doce compañeros, entre ellos san Galo, para trabajar para el reino de Dios en el continente. Semejante impulso misional era característico de los monjes irlandeses. Estos aportaron muchos estímulos a la Iglesia europea, además de crearle también muchos conflictos con sus caprichos y su terquedad.

Columbano se dirigió a Borgoña y fundó allí el gran monasterio de Luxeuil. En 610 fue expulsado por la reina Brunilda, pero Luxeuil quedó. Columbano se trasladó a la región del lago de Constanza, para predicar, y finalmente pasó a Italia, donde ya antes había fundado el monasterio de Bobbio, al sur de Plasencia, en pleno dominio longobardo. Galo, que se había querellado con Columbano, se quedó en Suiza, donde el monasterio de San Galo aún hoy día recuerda su nombre.

Columbano era una personalidad impresionante. Aunque yerran los historiadores que hacen empezar con él un nuevo período en la historia de la confesión, la verdad es que el efecto de sus sermones exhortando a la penitencia fue extraordinario. Sus monasterios surgieron en comarcas donde la vida monástica era apenas conocida: en el norte de Francia, Corbie, Rebais, St. Omer, Remirémont. De Remirémont salieron las fundaciones en la región entre el Mosela y el Rin: Echternach, Stavelot, Malmedy, Disibodenberg, Prüm, Saint Goar. Había también conventos femeninos que seguían la regla de Columbano.

De los edificios del tiempo de Columbano apenas se ha conservado nada. Todos los monasterios fundados por él y por sus discípulos adoptaron más tarde la regla de san Benito. La regla que Columbano dio a sus cenobios era concisa y ruda. El abad de Luxeuil ejercía una especie de dirección superior. Los monjes vestían cogullas blancas. En la historia del derecho canónico se enlaza a veces el nombre de Columbano con el nacimiento de la exención claustral, o sea, la independencia de la jurisdicción del obispo. Esto es verdad en cuanto Columbano estaba acostumbrado al estado de cosas que prevalecía en su patria irlandesa y jamás pensó en someterse a un obispo diocesano. La mayoría de sus monasterios se encontraban en regiones apartadas, y los obispos no se cuidaban de ellos. Pero difícilmente puede hablarse en aquel tiempo de un privilegio de derecho eclesiástico.

San Benito.

Columbano y los suyos fueron los precursores y adelantados de la más importante de todas las órdenes, la benedictina. Verdad es que san Benito había vivido en época anterior a Columbano, pero su fundación no se difundió hasta el siglo VII, y en gran parte lo hizo en un terreno ya preparado por el irlandés.

Sobre la vida de san Benito no poseemos más que una fuente, el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. Las obras hagiográficas de san Gregorio suscitan muchos reparos críticos; el contenido de su biografía de san Benito es muy escaso, ya que ésta, en su mayor parte, consiste en una serie de hechos milagrosos. Sin embargo, los datos principales pueden pasar como seguros.

San Benito era oriundo de Nursia, en Umbría, estudió en Roma y joven aún, antes del año 500, se retiró a la soledad montañosa de Subiaco, al este de Tívoli. Vivió allí como anacoreta y agrupó a su alrededor a sus primeros discípulos. Unas disputas con los clérigos locales le movieron a buscarse otra soledad. La encontró en una montaña situada más al sur, cerca de San Germano, donde edificó su gran monasterio de Montecasino y compuso su famosa regla monacal. Un punto dominante en la cumbre de una montaña fue desde entonces uno de los emplazamientos preferidos de los monasterios benedictinos. Allí murió san Benito en el año 543. Montecasino quedó destruido en 581 por los longobardos y no fue reconstruido hasta mucho más tarde. Sus monjes se refugiaron en Roma, en Letrán. Allí los conoció san Gregorio Magno. Cuando fue papa, no sólo hizo de golpe famoso a san Benito en toda la cristiandad por su biografía que incluyó en los Diálogos, sino que además envió monjes benedictinos a Inglaterra.

Ya en 610, seis años después de la muerte de san Gregorio, el papa Bonifacio IV habla de san Benito llamándole el «excelso legislador de los monjes». Uno tras otro todos los monasterios columbanenses adoptaron la regla benedictina. Sobre la nueva regla se fundaron también nuevos monasterios; el más antiguo que se conoce fue fundado en 630, en el sur de Francia, en la diócesis de Albi. En tiempos carolingios monje y benedictino eran términos sinónimos.

Vemos, pues, que san Benito no fue fundador de una orden en el sentido de que todos los monasterios benedictinos procedan de Montecasino. Además, los monasterios que seguían su regla, que poco a poco fueron casi todos, no estaban unidos por ningún lazo jurídico. Sin embargo, san Benito es una de las grandes figuras de la Iglesia, uno de los que han enriquecido la vida cristiana con valores perennes.

La regla benedictina no es sólo una guía para el afán de perfección personal, sino también una constitución monástica, que ha creado el tipo del monasterio occidental, la abadía. Su fundamento es la estabilidad, a la que se obliga el monje al entrar en el monasterio. No vaga ya de un anacoreta a otro, como en Egipto. El monasterio le ofrece cuanto puede desear. Es su mundo. No siente ya nostalgia por el mundo de fuera. El claustro no es una cárcel, sino que es habitable y bello; lo produce todo, mejor que fuera. El abad es el padre de la familia claustral. Gobierna no con un código penal y medios coercitivos, sino con paternal autoridad. El servicio divino, que es la principal ocupación del monje, es rico, eleva el espíritu y no agobia por la excesiva longitud de las horas de rezo. El monje ama a su claustro, que es su patria. En él reina la paz benedictina, que el mundo no puede dar.

La regla benedictina, ¿es rigurosa o suave? Si por rigor se entiende orden, disciplina, tenacidad, es rigurosa; pero si rigor significa dureza, poner a prueba la resistencia física, entonces hay que considerarla suave. Es frecuente que historiadores de todas las tendencias se hagan lenguas de los méritos contraídos por la orden benedictina en la salvaguarda de la cultura europea. Es verdad que sería muy poco lo que nos hubiera quedado de los tesoros espirituales de la antigüedad clásica, si los diligentes monjes de la primera Edad Media, que a veces eran las únicas personas con alguna cultura, y que además tenían tiempo y tranquilidad para dedicarse al estudio, no hubieran trabajado incansablemente copiando y utilizando los viejos manuscritos. A ellos se debe, sin duda alguna, el que la actual cultura europea conserve una vinculación real con la de los antiguos griegos y romanos, a diferencia de lo ocurrido con las culturas de los antiguos egipcios y babilonios, que para nosotros son, en la práctica, mundos desaparecidos. Pero no hay que pensar que san Benito o cualquier otro fundador de órdenes, hubiera escrito su regla con vistas al progreso de la cultura. San Benito no quería otra cosa que indicar el camino hacia el cielo. Su deseo era fundar en la tierra casas que fueran una preparación para la patria celestial. Quería exactamente lo mismo que quiere la Iglesia con su desvelo por las almas. Los beneficiosos resultados para el progreso de la cultura humana se produjeron, en cierto modo, automáticamente.